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Ahora es tiempo

Patricia González Sáez, Periodista, profesora de lenguaje, directora Editorial Santa Inés, www.editorialsantaines.cl

Hubo personas que no creyeron en el “Chile, la alegría ya viene” porque sabían que ese plebiscito se pactó para que las elecciones aseguraran la constitución de 1980 y el sistema neoliberal que, durante los primeros años de la década del ’90, convirtió al país en un tigre en cuanto a los resultados macroeconómicos. La gente dejó de ser y comenzó a parecer algo distinto, al igual que el país.

La esencia solidaria del chileno quedó sepultada por el maquillaje de la post modernidad.  Lo importante era tener, ¿cómo? Daba lo mismo, pero había que aparentar una pertenencia social distinta a la verdadera. El sistema inculcó el sueño de pertenecer al ABC1. A la par, se comenzó a hablar del endeudamiento y, muy pronto, del sobreendeudamiento de los chilenos. El arribo a la clase social soñada siempre pendió de un hilo, de quedar cesante y de perderlo “todo”, es decir, nada porque solo se tenía un sueño vestido de deudas.

Individualismo y competitividad

Los trabajadores se convirtieron en esclavos frente al temor de quedar cesantes y no poder pagar sus deudas. Esto consolidó los pilares de relaciones del neoliberalismo como el individualismo y la competitividad.

Sin embargo, las crisis propias del sistema a nivel global y sus imperfecciones internas hicieron que fueran saliendo a la luz problemas que no era de su interés resolver, problemas que el pueblo vive en carne propia. Mientras, se fueron sucediendo los distintos administradores del neoliberalismo en Chile que, poco a poco, se fueron distanciando del pueblo, lo que se evidenció en la participación en las distintas votaciones. Se habló mucho de la apatía de la gente por participar.

Sin embargo, no era apatía. Era darse cuenta que la alegría solo había llegado para la élite. Así se fue incubando el estallido del pueblo con manifestaciones sectoriales, algunas incluso multitudinarias como las de los estudiantes y de los trabajadores en el movimiento No+AFP.  No ocurrió de la noche a la mañana, pero se fue acumulando bronca que, finalmente, desencadenó en el 18 de octubre.

Este movimiento social no nació de los partidos políticos, sino de la gente misma que se expresa como cada quien lo sienta. Los partidos políticos fueron superados por el estallido social que, en muchos ribetes, alcanza una expresión de bronca suprema. Los partidos políticos no fueron los artífices del estallido, de la explosión de la olla de presión en Chile, pero sí fueron los artífices para generar un pacto que garantizara la convocatoria a un plebiscito para cambiar la constitución de 1980. Tras esa madrugada de noviembre, algunos creyeron que el acuerdo alcanzado terminaba con las movilizaciones porque se había realizado una correcta lectura de lo que clamaba el pueblo en las calles. Sin embargo, no fue así. Las manifestaciones de todo tipo continuaron. Solo la pandemia del Coronavirus sacó a la gente de las calles y plazas y, también, postergó para octubre la realización del plebiscito.

Neoliberalismo al desnudo

Sin embargo, el manejo de la pandemia por parte de las autoridades, tanto en lo sanitario como en las ayudas sociales, estuvo lejos de lo necesitado por lo que favoreció la organización solidaria de los más pobres mediante las ollas comunes. Nuevamente, los partidos políticos, en su gran mayoría, no estuvieron a la altura de las exigencias. Pero sí votaron para que pudiéramos retirar de las AFP el 10% de nuestros ahorros previsionales.

Los altos índices de cesantía que no se registraban desde la década del ’80, el confinamiento que impidió a los trabajadores informales salir a ganarse el sustento diario, las muertes por el Coronavirus (Chile ocupa el quinto lugar al vincular número de fallecidos con número de habitantes), entre otros factores; no hicieron otra cosa que terminar de desnudar al neoliberalismo, es decir, el país y sus habitantes quedaron sin el maquillaje del parecer una cosa distinta a lo que se es realmente.

La suma de todo explica la paliza del apruebo y de la convención constitucional que todo un país celebra con la convicción de que esto sí prendió y que la nueva constitución debe reflejar el sentir del pueblo. Este es un triunfo de la gente común y corriente; no es un triunfo de los partidos políticos ni de sus dirigentes que se andan subiendo al carro de la victoria presentándose como presidenciables.

Ahora es tiempo de trabajar esta nueva constitución participando en las instancias de consultas locales que propicien los constituyentes (incluso postúlese a constituyente), pero sin dejar la calle porque la calle es nuestro pasaporte a la dignidad.